¡Hola familias! Este era el segundo post que os debía, me voy poniendo al día… en este caso, una colaboración con una psicóloga maravillosa, certificada también en Disciplina Positiva, a la que admiro desde hace tiempo y con la que he trabajado a nivel personal en varias ocasiones. Estoy segura que vais a encontrar muy interesante todo lo que nos va a contar sobre los niños llamados de “alta demanda”.

María José tiene un proyecto muy bonito que se llama “¿A qué sabe un abrazo?”, y desde su consulta tanto online como presencial, y los diversos talleres que realiza, acompaña a familias con hijos de todas las edades en este enriquecedor e intenso camino de la crianza respetuosa. No dejes de seguirla, aprenderás mucho sobre cómo relacionarte con tus hijos desde el amor, ¿hay algo mejor?

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Os dejo con una entrevista que le realicé a partir de las preguntas que propusisteis en Instagram.

¿Por qué hay niños con necesidades afectivas más intensas que otros? ¿Cómo debemos responder a esas necesidades?

El término de niño de alta demanda lo acuñó el pediatra norteamericano William Sears para definir el comportamiento de su cuarta hija, una niña que requería mucha más atención y cercanía que el resto de sus descendientes para estar calmada. Un bebé de alta demanda es un bebé completamente normal, sólo que requiere muchos más brazos y mucho más contacto físico que otros de su misma edad. Más intensos, parecen no tener nunca suficiente, necesitan estar siempre atendidos, acompañados. Con el tiempo, el doctor se dio cuenta de que ella era una bebé más, normal, pero con más necesidad de compartir, y que ellos, su padres, debían atender a sus demandas con el fin de lograr un apego seguro, un vínculo, que es lo que necesitan los seres humanos.

Si me preguntáis a mí (y tras creer cuando nació mi hijo que era un niño de alta demanda, ¡de hecho yo encajaría en esta etiqueta!) os diría que no creo en este concepto. Me aferro más a la descripción de Alfred Adler (padre de la Psicología Individual, de la Psicoterapia y cuyas teorías fundamentan Disciplina Positiva) del ser humano como el “animal más desvalido de la naturaleza”. Los humanos dependemos de nuestra madre y nuestro padre, más y más de la primera, nada más nacer para sobrevivir. No tenemos nada de autonomía, no tenemos herramientas para comunicar lo que nos pasa (hambre, frío, miedo, sueño…) ¡solo podemos llorar! Y esa es nuestra manera de transmitir que nos sentimos inseguros, es, de hecho, la única herramienta con la que nacemos para lograr sobrevivir. ¿Y a quién necesitamos para lograr esa supervivencia? A los adultos. ¡Durante mucho tiempo!

Añado, además, para entender la intensidad de determinados niños, los factores del temperamento de Chess Y Thomas.
No hay dos niños iguales (ni hermanos se parecen, ¿cierto?), existen unos factores del temperamento que nos permiten ver/situar/entender a nuestros hijos y sus reacciones. Unos serán más intensos, otros menos, pero todos necesitan del adulto para sobrevivir y cubrir sus necesidades, y unos más que otros, por este temperamento, serán más o menos demandantes.

Chess y Thomas identificaron nueve dimensiones del temperamento: nivel de actividad, regularidad en el funcionamiento biológico, facilidad para aceptar nuevas personas y situaciones (si se aproximan o, por el contrario, evitan), adaptabilidad al cambio, sensibilidad a los estímulos sensoriales, disposición de ánimo (o cualidad del humor), intensidad de respuestas, nivel de distracción y períodos de atención y persistencia. Una lista revisada que refleja la nueva investigación añade otros factores: extraversión, nivel de actividad, impulsividad y toma de riesgos,  afecto negativo (que está relacionado con temor, enojo, tristeza y malestar) y control esforzado (que está relacionado con cambio y mantenimiento de atención, sensibilidad perceptual y control inhibitorio y activacional).  Todos los bebés son intensos, demandantes, absolutamente dependientes, pero, debido al temperamento, unos lo serán más que otros o nos necesitarán más (si cabe).

Preguntáis por la importancia de responder a las necesidades. Si os pidieran agua o comida, ¿la negaríais por si se acostumbra? 😉
Desde que nacemos, nuestro objetivo es la supervivencia. Cuando un bebé, un niño pequeño, tiene una necesidad sin cubrir, se produce una activación (y se segrega cortisol, la hormona del estrés), nosotros acudimos, atendemos la necesidad y, después, se produce la relajación (disminuye ese cortisol). Y volvemos a empezar: necesidad-activacion-cubrir necesidad-relajacion. Es a través de este mecanismo (y de esa actuación adulta) como los bebés logran sobrevivir y se crea el apego seguro.

Cuando se produce esta situación y el adulto no responde, los niveles de cortisol no bajan sino que se mantienen, no se produce relajación, sino más activación, y tenemos un bebé en alerta constante que enlaza necesidad con necesidad. Esto, además de tener efectos negativos en el desarrollo cerebral, provoca que se no se desarrolle ese apego seguro que es, por cierto, la base de innumerables y necesarios aprendizajes futuros además de salud mental para el niño.

¿Cómo podemos atenderles de manera efectiva, respetando también nuestras propias necesidades? Estar disponibles, pero no sentirnos doblegados a sus necesidades.

La crianza respetuosa no es solo respeto al niño; la educación y la crianza del respeto mutuo (Disciplina Positiva) requiere respeto al niño, al adulto y a la situación. Amabilidad y conexión para mostrar ese respeto al niño y firmeza (limites que se informan con sentido y se cumplen desde la amabilidad)  para mostrar ese respeto por el adulto y la situación. Y debemos ser ambas cosas al mismo tiempo. No son excluyentes sino absolutamente complementarias.
Si pensamos en términos de doblegarse es porque hay uno que manda y otro que obedece o renuncia. Para educar desde el respeto hay que buscar la colaboración en lugar de la obediencia y tratar al niño como a un igual. Dar todo a los niños, que ellos sean los únicos respetados, no es educación respetuosa sino permisividad y tiene, a corto y largo plazo, consecuencias nefastas para ellos. Nos es que haya un limite entre sus necesidades y las nuestras, sino que debemos, juntos, encontrar la opción en la que ambos cubramos nuestras necesidades, teniendo siempre en cuenta que el adulto y el que tiene recursos somos nosotros y no ellos.

En resumen, te tengo en cuenta a ti y también a mí. No decir “no” a nada no es respetuoso para ellos. Decir que “no” a todo, no es respetuoso para ellos. Valorar esos limites teniéndonos en cuenta a todos, siendo flexibles y buscando el bienestar de ambos, sin olvidar a ninguno, es lo respetuoso para todos. Equilibrio entre amabilidad y firmeza.

¿Puedo conseguir que mi bebé o niño juegue solo? ¿Qué esperar en este sentido?  

Aquí poco voy a extenderme, pues, cada niño es un mundo y, ademas hay muchas variables (hijos únicos o no, habilidades desarrolladas, tipo de juego…). Los bebés, no pueden jugar solos, de hecho, el juego y compartir el juego es motor de aprendizaje, vinculo, conexión con el adulto. ¡Debemos aprovecharlo! Además, atencionalmente, no será hasta casi los tres años que se mantengan atrapados con un juego solitos, y aún así, habrá niños y niños.

Vuelvo a la pregunta primera y a los factores del temperamento. Habra niños más independientes y menos, que necesiten compartir más o menos con el adulto su juego, incluso cuando ya tienen habilidades para mantenerse jugando solitos, que se aburran más o menos y nos reclamen.

No obstante… ¡jugad con ellos y disfrutadlo! En relativamente poco tiempo, ¡lo echaremos de menos!

Hablemos ahora de rabietas ¿cómo podemos trabajar el enfado en niños más demandantes?

Exactamente igual que las de cualquier bebé. En ese momento hay un cerebro lleno de cortisol, bloqueado, que no escucha.
Nuestra misión ante las rabietas no es que pasen cuando antes, sino crear vínculo. Acompañar, estar presente y disponible, abrazar si quiere y se deja, estar a su lado si no. Hablar con voz bajita, estar tranquilos, ser lugar seguro. Nuestra calma, es su calma. Cuando nosotros ante estos episodios nos desbordamos, se produce un contagio emocional (debido a las neuronas espejo) y ¡la cosa empeora! Mantente calmada, de manera que esa calma se contagie. Y acompaña el malestar.

Por otra parte, cuando un bebé/niño pequeño pega, está mostrando desacuerdo, enfado, ira, malestar con una de las únicas herramientas que tiene. Me preguntaría cómo es el estilo de la familia y si hay demasiados “no” o imposiciones. No puede hablar, no puede comunicar lo que quiere o necesita. ¡Qué difícil decir lo que quieres sin hablar! Como acaba de aterrizar en el mundo, lo hace como puede, con ese cerebro inmaduro que tiene y que aun está por desarrollar. Con calma, con amor, enseñemos lo que sí puede hacer en lugar de decir ¡no se pega!, demos opciones, enseñemos a acariciar, a decir NO con su dedito. Es un bebe sin recursos. cuando pase el enfado y estemos tranquilos, ya le diremos: pegar a mama no, y enseñamos, por ejemplo, a acariciarnos la carita.

En resumen, estos momentos de desborde emocional, no obstante, no es momento de enseñar sino de estar, acompañar y ser lugar seguro para ellos y, como hablábamos antes, crear o fomentar un apego seguro.

¿Son los bebés y niños de alta demanda, niños que comen “mal” o duermen “mal?

No hay dos bebés iguales. No hay dos personas iguales. Cada niño es único y especial. Cada niño ES. No hay normalidad, ¡la normalidad es diversa!
Cuando nos centramos en bien y mal, en las comparaciones, aparece la presión, la frustración, los conflictos, la exigencia, los juicios… el malestar.
Y tener expectativas y moverse en base a ellas es lo más desalentador que hay tanto para los adultos como para los niños.

Disfrutad de vuestros niños. Poneros en sus zapatos, y más si viven con intensidad. Comprender que, y más en bebés, dependen absolutamente del adulto, somos los que aseguramos su pertenencia, su importancia, su supervivencia. Acompañar, mostrar empatía y cubrir sus necesidades sin olvidar las vuestras. Tenernos en cuenta a ellos y a nosotros a la vez. Dignidad y respeto para ambas partes.

Y educar desde el respeto mutuo, porque es el camino para que la relación entre adultos y niños sea de confianza, cercana, llena de amor y de cariño, no solo ahora que son niños sino en un futuro cuando sean mayores.

¿A quién acudirá tu hijo, adolescente mañana, cuando tenga un problema si, desde pequeño, fuiste lugar seguro para él?